Diario de una guerrera

Soy hija, hermana y nieta de guerreros. Quiero creer que mi padre lo fue, pero se perdió en algún combate y no regresó.
Mejor dicho, volvía de tanto en tanto, pero las heridas que atravesaron su cuerpo y lastimaron su alma, jamás cicatrizaron.
Y ese dolor, que carcomía su corazón, se transformaba en resignación y entrega; al faso, al alcohol y a todo lo que le permitiese descargar sus frustraciones.
Como guerrera que soy, aprendí que no hay batalla exenta de sufrimiento; a veces provocado por el fuego enemigo y en otras ocasiones, por el propio.
Porque todo escenario de conflicto trae aparejado consecuencias y las contiendas más cruentas ocurren en la niñez; porque perduran toda la vida.
Se quedan allí, como detenidas en el tiempo, en un rincón recóndito de la mente, siempre dispuestas a darse una escapada por el baúl de los recuerdos.
Soy hija, hermana y nieta de guerreros; aprendí primero a sostener la guardia que a saludar, porque al fin de cuentas nadie me enseñó a decir te amo.
Por eso, moldea al guerrero con amor, con resiliencia, empatía, valores y verás que todo volverá.
Una buena semilla da buenos frutos con el tiempo; a «su» tiempo.
El bambú tarda décadas en brotar, y sólo meses en crecer hasta sesenta metros. Y eso se debe a su raíz. Las mejores raíces suponen años de fortalecimiento, pero después resisten todo tipo de tempestades.

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