El amor no se olvida.

Los años pasaron y con el tiempo llegaron los nietos. Doña Irma era una abuela dedicada. Ya jubilada, vivía solo para aquellos tres niños que daban felicidad y sentido a su vida.

Pero Leticia comenzó a notar que algo no andaba bien, que su amiga de ‘toda la vida’ comenzaba a olvidar cada vez con mayor frecuencia. La veía lenta, como cansada, y con dificultades hasta para hacerse el tradicional té de las 17.

Después de tantas idas y vueltas, no exentas de discusiones con Rubén, que para ese entonces cuidaba a la suegra como a su madre, decidieron llevarla a un especialista.

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El diagnóstico literalmente “acostó” a Leticia, pero se levantó con la fiereza de una leona frente al peligro.

Hacía todo por su madre sin quejarse jamás, aunque fuera tremendamente doloroso para ella ver a esa mujer, siempre tan independiente y decidida, en una situación de absoluta vulnerabilidad.

Disfrutaba al máximo del momento de mayor relajación, cada día al atardecer, cuando cepillaba los cabellos ya canosos de la anciana y miraban la telenovela.

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Pero el cuadro de doña Irma se iría complicando. Y la situación se volvió insostenible una tarde de invierno cuando la abuela encendió una hornalla y se olvidó por completo. Las llamas alcanzaron un repasador y no se extendieron al resto de la casa porque Rubén llegó justo para apagarlas.

Leticia había entrado al baño tres minutos. En ese momento entendió, pese a las reiteradas sugerencias de su esposo, que doña Irma necesitaba atención profesional cada segundo.

No pudo evitar una sensación de remordimiento cuando decidió internarla en un geriátrico, pero no había alternativas y lo sabía. Desde aquel día; lloviera, cayeran piedras o pasara un ciclón, jamás dejó de visitarla, pese a que aquella mujer que hizo de ella una persona de bien, a la que debía absolutamente todo, casi no la reconocía.

El teléfono sonó una noche de verano. Leticia acababa de ducharse y comenzaba a relajarse en el sillón de la sala principal. Rubén atendió la llamada y para cuando giró la mirada, con los ojos vidriosos, ella supo que ‘su’ Irma había partido.

Se abrazaron con toda la fuerza del universo y lloraron mares.

Como don Aldo décadas atrás, ella durmió para no despertar. Se fue sin dolor, llevada en andas por un ejército de ángeles.

Un día antes, cuando Leticia fue a visitarla, en un minuto de silencio, quizás el último de lucidez que le concedió Dios, doña Irma sujetó el rostro de su hija y le susurró al oído, mientras le daba un beso en la mejilla, “te amo hijita”.

Fue la frase del consuelo, de la resignación y quizás, de la despedida. Una frase que demuestra que el amor no se olvida, no muere, perdura en el tiempo y resiste a todo mal, pese a lo que diga la Ciencia.

Doña Irma era una mujer pujante y emprendedora. Por fuera parecía una roca, pero por dentro se asemejaba más a un cristal. Debió acostumbrarse, la vida la obligó. Su marido, don Aldo, un día se fue a dormir, al filo de la medianoche, y jamás despertó.

El corazón de ese tano de sangre caliente, pasional hasta para enhebrar una aguja, falló sin avisar.

Desde entonces, ella debió encargarse de esa pequeña que había nacido producto de un amor único e incondicional, que jamás se repetiría.

Leticia era el nombre de esa niña que quedó sin padre cuando tenía apenas ocho años.

 

Sus bucles negros, una dentadura de marfil y los ojos verde oliva la convertían en una criatura adorable, más allá de sus travesuras.

Creció como lo que era para su madre, una princesa. Jamás la obligaron a asistir a misa todos los domingos, pero sí a comportarse como una señorita, a tener “modales”.

Fueron siempre muy apegadas. Vivían pendientes una de otra en forma permanente, durante el secundario y sobre todo, en la Universidad.

 

Con el tiempo ambas reirían hasta el cansancio al recordar los mil y un obstáculos que debió sortear Rubén para ganarse el aprecio y la confianza de doña Irma.

La joven estudiante tenía más de 21 años y ella igualmente los acompañaba al cine. No se sentaba al lado ni adelante; atrás, para tenerlos bien controladitos.

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