El legado de una mujer
Paula era una compañera de trabajo con la que mantenía poco trato; no por antipatía ni nada que se le parezca.
Más bien se debía a incongruencias de horarios y a que trabajábamos en departamentos diferentes.
Una mañana cualquiera, creo que de verano, se acercó tímidamente como quien entra a una casa con la puerta abierta, sin nadie a la vista.
Sonrió y susurró: «¿puedo hablar con vos?»
_ Claro, por supuesto.
Así fue como me enteré del grave problema judicial que tenía, en el que el acusado era su expareja y la víctima, la hija que habían traído al mundo.
Me pidió si la podía ayudar, dado que conocía al juez que llevaba la causa.
Lo hice, fue de gran ayuda y así comenzó una amistad sincera y muy linda.
Lo que no sabía ninguno de los dos era que tenía plazo de caducidad.
Paula enfermó y el tratamiento resultó tan imperioso, que debió tomar licencia de inmediato.
Antes de comenzar, de partida nomás, la operaron y extirparon uno de los senos.
Después vino el interminable proceso de rehabilitación y los controles ineludibles cada seis meses.
Solía ir a visitarla, no muy de seguido para no invadir su privacidad; pero nos mensajeábamos a diario.
Fueron casi tres años de licencia. Una mañana en que ingresaba al laburo me la encontré en el ascensor. Se abrió la puerta y ahí estaba ella; siempre con una sonrisa a flor de labios; sea cual fuese la situación.
La miré y, quizás, apresuradamente, le espeté: «¡Volviste!».
Entonces vi como sus ojos se tornaron vidriosos y estallaron en lágrimas.
Lloró en mis hombros y eso se convirtió en un recuerdo divino, eterno.
«Hizo metástasis», susurró en mi oído.
Seguí visitándola; hasta que un día me llamó y rogó que ya no lo hiciera, porque no quería que la viera así (sic), sino que me quedara de ella con el mejor de los recuerdos.
Dicen que son las actitudes que definen a las personas y esa acción, la pintó de cuerpo entero. Consciente del camino que le quedaba, quería evitarme y evitarse cualquier imponderable. Deseaba estar con sus íntimos en esas últimas horas y estaba bien que fuera así.
No fui a despedirla, un poco por la Pandemia, y otro tanto, porque opté por quedarme con aquella imagen que ella quería para mí. Y se lo agradeceré de por vida.
Supe que antes de perder la lucidez arregló las cuestiones legales, se casó con su nueva pareja y le confió lo que más amó en la vida: su hija, que crecerá también junto a sus abuelos maternos.

