El mar más grande que hay
Mi madre tuvo diez hijos, aunque nosotros decíamos que éramos nueve hermanos. No se debía a que fuéramos poco afectos a las matemáticas; o a que se nos hubiera pasado por alto algún segmento de nuestra historia.
En realidad, una de sus hijas vivió pocas horas. Dicen que le lastimaron la cabeza en el parto, porque la bebé era muy grande y en esos tiempos algunos profesionales no eran proclives a practicar cesáreas.
Yo era muy pequeño en ese entonces, pero aún hoy, a los 53 años, conservo nubosos recuerdos del velorio en casa de mis padres.
Fue, tal vez, la primera vez en mi vida que vi tan triste a mi madre. Esa, quizás, sea la razón por la que persisten en mi retina micro instantes que se niegan a desaparecer.
Mamá nunca, pero nunca quiso hablar de eso. Al menos conmigo, y eso que se lo pregunté en varias ocasiones.
Entonces decíamos que éramos nueve porque Laura Rosana no estuvo con nosotros, no la vimos crecer al lado nuestro, siendo cómplice de travesuras o tal vez no. No se personificó en nosotros, aunque siempre la recordamos porque lo sentíamos como una obligación.
Sin saberlo, hasta inconscientemente, acompañábamos a mamá en su dolor.
Como dije, ella no quería hablar del tema. El tiempo pasó; las décadas pasaron desde la partida tempranera de Laura Rosana.
Mamá había sido abuela por tercera vez.
Un cuarto nieto venía en camino.
El padre, mi hermano, invitó a nuestra madre a su casa y allí se produjo un acontecimiento que me dejó una gran enseñanza, que jamás olvidaré.
Daniel le confío que era una nena y que se llamaría Laura, en memoria de nuestra hermana fallecida.
Mamá lo miró fijamente y en micro milésimas de segundo sus ojos se llenaron de lágrimas, de llanto, de emoción, de recuerdos y sólo Dios sabe cuanto más.
Allí supe que el corazón de una mujer está lleno de secretos, de misterios inexpugnables, que llevarán o cargarán en silencio hasta el último halo de vida.
Mi madre era una guerrera, a la que siempre voy a admirar. Lloraba y sanaba sus heridas en silencio y en soledad, aceptaba lo que la vida le deparaba sin quejarse y aún así, siempre tenía un espacio para el humor.
Enseñó a sus hijas, sobre todo, a estudiar y ser profesionales para que jamás deban depender de nadie, una postura visionaria para una mujer que no había tenido tiempo más que para trabajar.
El corazón de Juana Elvira González, mi mamá, era el mar más grande que hay, lleno de misterios y secretos, y fundamentalmente, de amor, el amor que derramó sobre sus hijos.
Somos lo que somos gracias a vos, vieja. Siempre en nuestros corazones.
