Los sonidos del silencio
Hay guerreros de mil batallas, la mayoría de ellas desconocidas, sin nombres, sin público, sin retribuciones ni nada a cambio.
Son guerreros que luchan en silencio, que curan sus heridas y meditan en soledad, feroces en el campo de batalla y, a la vez, capaces de perdonar y pedir perdón.
Poseen el corazón lleno de heridas y son conscientes de que muchas no cicatrizarán.
Saben que ni el respeto ni el poder se ejercen desde la violencia y la intolerancia, si no desde la fuerza de la razón, la persuasión y la comprensión.
Guerreros como aquel peón rural que salió del Chaco profundo con su hijo en brazos y caminó 40 kilómetros hasta el hospital más cercano; o como esa mujer que sirve la comida a sus hijos y con una sonrisa en el rostro les dice que no tiene apetito y que le haría mal comer, sabiendo que no alcanza para todos.
O como ésta otra, que cocina para la familia con tres mil pesos y que por todos los medios intenta no saltearse una comida, aunque cueste llegar a fin de mes.
Son guerreros anónimos y como ellos, hay millones que renuncian a sus intereses personales, conscientes de que el futuro es hoy y que mañana verá qué hacer.
Guerreros que no pierden la fe pero desconfían de los falsos profetas;
que saben muy bien que el verdadero amor es incondicional y reconocen a sus amigos porque se quedan cuando todos se van.
Y sueñan con reencontrar, en algún lugar, a los que partieron antes de tiempo sin avisar.
Algún día, quizás, vaya a hablar de sus hazañas y conquistas, de sus miedos y frustraciones, pero no con cualquiera será, sino con una persona especial.
Porque es consciente de que debe hablar a quien le interese de verdad; no con aquel que lo único que quiere es chusmear.
Y en la recta final comprende que nada es en vano, alcanzar la plenitud es lo primordial porque de ella se desprenden los instantes de felicidad.
Porque no hay mejor aliado que la paz interior.
