Los últimos de la fila

¿Habrá un lugar más en el paraíso? ¿Quién será el afortunado? ¿Quiénes serán los últimos de la fila para ver a San Pedro? ¿Acaso estaré entre ellos? ¿Nos encontraremos con aquellos a los que amamos y que partieron antes de tiempo? ¿Podremos nosotros, pecadores, también cuestionar o reprochar?

Lautaro era un líder natural. Ya en infantiles, en el club de sus amores, asomaba como baluarte en la zaga central. Temperamental, decidido y con voz de mando se hacía escuchar desde el fondo. Era un león herido en las dos áreas y como tal, capaz de dar el zarpazo en cualquier momento. Y ni hablar a la hora de defender a un compañero; era el primero en saltar.

Esas cualidades lo catapultaron a quedarse con la cinta de capitán. Cuando entraba a la cancha, los otros chicos lo seguían de atrás como los espartanos a Leónidas. Se sentían seguros, protegidos.

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Una tarde, en la previa de un partido clave para el campeonato, algo disgustó a Lautaro. Se enojó tanto que no quería jugar. Los padres evidenciaban una mezcla de enojo y desesperación. Y claro, era una instancia decisiva y el capitán del equipo no sería de la partida.

Pese a la insistencia de todos, Lautaro no daba el brazo a torcer. Llegué un poco más tarde que el resto ese día, por cuestiones laborales. Me sorprendió un poco el alboroto, pero al conocer la razón entendí la situación.

Aguardé con paciencia, caminé por un costado de los padres y hasta del entrenador, rodeé una tribuna y salí del otro lado, justo donde se encontraba el capitán.

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Estábamos solos y consideré esa circunstancia como una ventaja; comencé a hablarle, con tono paternal, tratando en todo momento de persuadirlo, haciendo hincapié en lo que él significaba para el equipo, de la ascendencia que tenía en sus compañeros y de que ellos necesitaban verlo en la cancha para sentir que la victoria era posible. Al cabo se veinte minutos logré convencerlo. Le dije que lo charlado quedaba entre nosotros, que se trataba de un pacto de caballeros.

No sólo ganaron; además Lautaro hizo un gol y me lo dedicó en la tribuna señalándome con el dedo índice izquierdo y apoyando la otra mano en el corazón.

 

Desde ese día charlaba permanentemente con él. Siempre me había llamado la atención su actitud dentro del campo de juego, esa mirada de niño con bronca, siempre con la guardia arriba, de ir a cada pelota como si fuera la última.

Y con el devenir del tiempo, a través de esas charlas, comenzó a contarme sus dolencias, de que su padre lo había rechazado dos veces, una en la panza de su madre y la otra, no hacía mucho, cuando fue a buscarlo para conocerlo; que cada reproche a su madre por la cuota alimentaria era una cuchillada al corazón; que no se llevaba bien con la pareja de su mamá, que sentía que ella lo prefería antes que a él etcétera, etcétera.

Fueron extensas charlas en las que abundaron lágrimas y abrazos. Y comencé a entender que el fútbol, para Lautaro, era su desahogo. Por eso la bravura con la que jugaba.

En muchas ocasiones fue a almorzar a casa y se hizo amigo de la familia. Pero no podía evitar mirarlo, sus ojos hablaban por él.

Pasaron los meses y una tarde asistí a un entrenamiento. Siempre al llegar solía lanzar una broma para entrar en ambiente. Ese día percibí que la mayoría ensayó una sonrisa extremadamente tensa… el clima era extraño hasta que le pedí a una madre que me contara lo que estaba sucediendo porque, evidentemente, el único que no lo sabía era yo.

Arrancó diciéndome, justamente, que no sabía cómo decirme; siguió con que Lautaro había viajado a Buenos Aires para verlo al padre y que allá, decidió terminar con todo, con todos los fantasmas que lo aquejaban y le causaban tanto dolor.

Esa tarde regresé caminando a casa. No recuerdo cuántos kilómetros caminé. Lloré de bronca, de odio, de impotencia y la lista sería interminable. Esa tarde dejé de creer, aunque sigo aguardando un acontecimiento extraordinario que me devuelva la fe. Y la verdad, no me interesa mucho si estoy entre los últimos de la fila.

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