Mamihlapinatapai
Mamihlapinatapai, le dijo Nahuel al oído antes de desaparecer con una sonrisa pícara por el pasillo de la facultad.
¿Qué significa?, gritó Gabriela casi sin tiempo a reaccionar.
Aquellas miradas y sonrisas cómplices, traducidas en estrategias seductoras, se materializaron en un romance que comenzó en el tercer año de Universidad y derivó en matrimonio años más tarde, egresados y con los diplomas en la pared.
Doña Elisa, madre de Gabriela, era además la orgullosa abuela de Ignacio y Agustín.
Una mañana de agosto, cualquiera, Nahuel salió rumbo al trabajo al volante del Clio que con mucho esmero habían comprado.
Como ocurría diariamente, al mediodía debía recoger a los chicos del colegio.
Eran casi las 14 horas cuando el teléfono sonó en el despacho de Gabriela.
Buenos días, señora, nadie ha retirado a sus hijos de la escuela. Ya ingresó el nivel Secundario y los chicos continúan aquí.
Seis meses pasaron de aquel día. En un principio se creyó que Nahuel perdió el control del auto e impactó contra una columna del tendido eléctrico.
Sin embargo, con posteridad se supo que, en realidad, había sufrido un ACV y eso provocó el siniestro vial.
Él necesitó un cuidado minucioso en ese lapso. Pudieron contratar una enfermera o acompañante terapéutico, pero Gabriela quiso cuidarla por sus propios medios, estar al tanto de cada detalle de la rehabilitación, que sería larga y sacrificada en virtud de la parálisis que había sufrido del lado derecho del cuerpo.
Era conmovedor ver a esa mujer cuidar y proteger al hombre que juró amar; incluso para bañarlo.
Ponía música de los 80 y 90 y permanecían largo tiempo en la bañera.
La esponja rebosante de espuma recorría cada milímetro de aquel cuerpo convaleciente con una paciencia y una calidez asombrosas. Eran caricias al alma, de esas que curan la carne y el corazón.
Y Nahuel sanó, con secuelas pero sanó.
En la primera reunión familiar en que pudo estar y hablar, Nahuel se levantó y apoyado en su hermano, miró fijamente a su esposa y con los ojos vidriosos, dijo: «No estaría aquí si no fuera por vos. Gracias».
Ella devolvió la mirada y lanzó: mamihlapinatapai.
Ahora, querido lector, puede googlear la palabra. Hasta la próxima historia.
