Navidad para ellas.
El hombre abonó el boleto y comenzó a buscar espacio con un “permiso, permiso” hacia esa meta preciada que es la puerta trasera del colectivo.
Mientras avanzaba no terminaba de comprender cómo ese adolescente con aritos y auriculares en las orejas no era capaz de darle el asiento a una mujer que bien podía ser su abuela.
“Es la sociedad en la que vivimos”, pensó. De repente sintió que alguien tocó sus hombros. Giró la mirada y la vio.
Era Mariana, una compañera del colegio secundario a la que no veía hacía más de una década.
Un beso de mejillas, un abrazo y la charla que comenzó a desandar el presente de cada uno: estado civil, domicilio, trabajo, hijos y cuestiones por el estilo.
“¿Y dónde vas a pasar Navidad, Mariana?”. Ella lo miró con sus ojos cafés mientras sus labios ensayaban una sonrisa que se perdió en la rigidez de sus mejillas.
Él percibió que había formulado, sin pretenderlo, una pregunta inapropiada. Mariana hizo un breve silencio y con la mirada desenfocada, que atravesaba la ventanilla y parecía perderse en el horizonte, comenzó a hablar.
“Voy a pasar en Buenos Aires, Marcelo. Allá está mi hijo, Mauricio, de seis años… en el Garraham… Hace cinco meses le detectaron una extraña bacteria en los intestinos que afecta y daña las paredes…”.
Las palabras parecían arrancadas con raíz del fondo de su alma y un silencio efímero y doloroso acompañaba el final de cada oración.
Aún sensibilizada, con los ojos acuosos, la mujer reanudó el relato: “No saben bien de qué se trata. Tenés que verlo, tan pequeño… en esa camita… Una mañana se despertó y me abrazó fuerte… me dijo ‘te amo mami’”.
Él sacó un pañuelo del bolsillo y se lo acercó.
Ella miró para adelante, por el parabrisas del chofer, y se percató que se aproximaba a su destino. “Estoy llegando”, expresó antes de lanzar la última frase: “Te acordás como era en el Secundario. Atrevida, rebelde. Me gustaba decir que no creía en Dios ni en la Iglesia… qué contrariedad… hoy no hago más que rezar y pedir por la vida de mi hijo… Hoy creo en todo, Marcelo; necesito creer porque si no me muero. Voy a pasar Navidad allá, junto a él. Es lo único que quiero… Creo hasta en Papa Noel… y si pudiera pedirle un regalo sería tenerlo a Mauricio en casa…”.
“Te pido que reces por él, amigo”, fue lo último que me dijo al oído antes de bajar del micro.
Viajé con un nudo en la garganta hasta llegar a casa. Abracé a mis hijos y me senté a la computadora. No podía dejar de pensar en esa mujer que me confesó que hacía meses que no dormía, que no descansaba.
Busqué en el Internet el significado de Mauricio. Decía “Elegido, amado por Dios”. Pensé que no podía ser casualidad, en vano.
Dos meses después, Mariana me llamó para contarme que su hijo ya estaba en casa. “Feliz Navidad, amigo; recibí el mejor regalo de mi vida”.
Esta historia está dedicada a todas las madres que, día a día, dejan todo por sus hijos y sus familias, obviamente en cercanías de Nochebuena y Navidad.
Y recordar a algunas, entre tantas, que con su lucha dejan una huella en el camino; de esperanza, de pelea y de reivindicaciones.
Recuerdo a Pompeya Gómez, cuyo hijo Cristian Schaerer se encuentra hasta hoy desaparecido a manos de
cobardes que en pleno juicio se complotaron para no decir donde se encuentra el estudiante, para que su madre pueda tener un lugar donde llevarle una flor, llorarlo y él, descansar en paz.
Dios proteja y bendiga a la madre de Tomás Santillán, asesinado sin piedad por un criminal llamado Adalberto Cuello, quien alguna vez dijo amarla y terminó extirpándole el bien más preciado al que puede aspirar un ser humano.
A Susana Trimarco, que con los ovarios bien puestos se plantó ante las organizaciones mafiosas de la trata de personas diciéndoles “vengan, acá las espero”. Sigue buscando a su hija Marita, a la Marita Verón de todos.
Evoco la memoria de la misionera Teresita Boldú, que decidió partir a un mejor destino sin la posibilidad de ver tras las rejas a quienes mataron a su hijo Pablo Fraire.
Recuerdo a ellas y a todas aquellas que brindarán en Nochebuena sin ellos, sus hijos. Pero también a las que diariamente entregan más de lo humanamente posible para criarlos contra viento y marea, a capa y espada, fijando los cimientos de un pilar fundamental para la sociedad: la familia.

