Se escribe resiliencia; se pronuncia mamá.
“Compro la leche y vuelvo”, fue la última frase que escuchó de labios de su esposo que, sin mirarla, se alejó por el portón de la pensión.
Allí quedó Patricia, en esa pequeña sala comedor, de dos por dos, al lado de la oscura habitación, más reducida aún, donde dormían sus dos hijos: Elías, de ocho años, y Francisco, de dos.
Aguardó pacientemente a que él regresara; uno, dos, tres días. Semanas, meses, pero nada.
No alcanzaron sus ruegos; tampoco su deambular por comisarías y hospitales. Nada. Ni un rastro de aquel hombre.
Estaba poco menos que desesperada y el reloj no paraba. No había caído en la cuenta de que su vida cambió en el preciso instante en que aquel hombre atravesó el portal de la pensión y tomó la calle con rumbo desconocido.
Fue Ariel, su único hermano, quien se hizo cargo de la situación y de los pequeños. Patricia seguía buscando a su esposo. Hasta que su suegra, viéndola sufrir al límite de sus fuerzas, le contó que Andrés estaba vivo. Habían pasado seis meses de aquella misteriosa desaparición, de la que ni la Policía tenía novedades.
Entonces recién se convenció de que había sido abandonada. Y aunque lloró mares, entendió que no podía quedarse en la cama, viendo el tiempo pasar.
Había dos pequeños que desconocían los vaivenes de la vida y no esperaban cuando el estómago contraía los músculos abdominales en reclamo de carbohidratos.
Dicen que el temple de una persona se moldea en situaciones extremas. Patricia, acuciada por las necesidades, lo aprendió de la noche a la mañana.
Una amiga le consiguió trabajo en una casa de familia. Allí limpiaba y planchaba en tiempos en que se fregaba la ropa a mano o se la cepillaba sobre una tabla de madera, con jabón neutro marca Federal.
Por las mañanas, llevaba a uno de los hijos a la escuela y al otro a la casa de una amiga que se ofreció a cuidarlo. En las tardes, el tío Ariel se encargaba de ambos mientras ella salía de una casa para entrar en otra y repetir los quehaceres domésticos.
En medio de tantas desventuras, tuvo la fortuna de conocer a una mujer, esposa de un reconocido comerciante, que se apiadó de su historia y decidió darle una mano. Incluso, le consiguió una casa más amplia donde ella, Ariel y sus hijos pudieran vivir mejor.
El tiempo pasó y esos pequeños se convirtieron en hombres. Tengo la suerte de ser amigo de uno de ellos.
Él me contó la historia de su madre, en medio de una interminable sobremesa precedida de un asado que daba para afilar los dientes con los huesos. Allí conocí a doña Patricia y a su hermano Ariel. Ella, ya sexagenaria, tenía en el regazo a uno de sus nietos.
Elías tenía ocho años cuando su padre se fue. A los 23 se recibió de técnico electrónico y rápidamente consiguió trabajo, un buen sueldo y se hizo cargo de la casa.
Francisco, su hermano, comenzó a trabajar como empleado bancario y se sumó a él.
Con la copa de vino sostenida en el aire, como quien traga una profunda bocanada de aire, Elías miró al horizonte y encaró el último tramo de la historia.
“Papá volvió. Veinte años después volvió”, expresó.
En ese momento, doña Patricia, que parecía desconectada del relato, interrumpió.
“Cuando apareció en casa, pensé que me iba a dar un infarto”, dijo con una mueca de sonrisa en la comisura de los labios.
Y agregó: “Lo único que le dije fue que, para mí, él había muerto treinta años antes. Pero, como madre, no podía negar a mis hijos la posibilidad de contactarse”.
Francisco siguió. “Mamá nos habló y nos encontramos. Él, Francisco y yo. Sólo hubo un apretón de manos. Nos pidió perdón y dijo que era demasiado joven. Si papá, tenés razón –le dije-, mamá también lo era, pero ella jamás nos abandonó. Ahora, nuestra misión es devolverle algo de lo que nos dio”.
Fue la última vez que vieron el rostro de aquel hombre al que apenas si recordaban. Aunque auguraron un reencuentro, jamás sucedió.
