En primer lugar porque la acción transcurre en Posadas, la ciudad escenario del drama, de enorme expansión edilicia, cosmopolita, dinámica, cambiante, interactuante y por lo tanto, tampoco ajena a las lacras de los tiempos actuales como la corrupción, la droga y los sórdidos dramas que involucran al poder. Una ciudad donde el protagonismo se ha desplazado de aquellos elementos regionales de color pueblerino a torres vidriadas, cámaras de seguridad, autos de alta gama, fiestas exclusivas y porteros de edificios que saben más de lo que se supone.
El otro elemento que le da fluidez y atractivo a la novela es el oficio con que Galeano maneja los códigos formales e informales de la policía y el Poder Judicial, la naturalidad de los tratamientos entre magistrados y policías usados en un trabajo vinculado obligadamente con la vida y la muerte. Un lenguaje de jerarquías y de supuestos a cuyos moldes y estereotipos, pulidos por la vinculación con el crimen, se le escapa siempre, por las hendiduras de la práctica cotidiana, la fetidez de la miseria humana con que tratan. Y, como contraparte, los códigos del hampa y el proceder marginal de la policía con sus recursos de informantes y alcahuetes.
Con estos elementos, de los cuales Galeano conoce los más íntimos secretos, pone a andar una historia que, como corresponde a la novela policial, va creciendo en expectación, proponiendo pistas, responsabilidades e inocencias reales o supuestas en una trama que involucrará al lector en la investigación.
La novela policial abre siempre la puerta a un laberinto y tienta al lector a adentrarse en él. Lo que se ha dicho de Marcelo Galeano no es una advertencia, sino un sinceramiento acerca de la originalidad y los nobles recursos que emplea. Del contenido no sabemos nada, y sin embargo todo lo que habrá de ocurrir está aquí cerca, dando vuelta las páginas que siguen.
Hay un misterio que aguarda y Marcelo Galeano abre en este momento la puerta invitando a pasar. Adelante.
Rodolfo Nicolás Capaccio.

