Tekuani.

En Pata Ancha, pueblo de labriegos incansables, vivía un hombre conocido por su rudeza. Su fama había atravesado fronteras y los lugareños aseguraban que solo, y con una mano, era  capaz de manejar una yunta de bueyes.

Tekuani lo había apodado el padre, por su espíritu salvaje e indómito; trabajaba de sol a sol y sus cuatro hijos eran su mayor riqueza.

Hombre de pocas palabras y menos aún de amigos, se mostraba indiferente a cuestiones místicas.

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Creía en la fuerza de su trabajo y en los mensajes de la naturaleza; es decir, en las temporadas de siembra y cosecha; los períodos de lluvias y sequías, y los secretos de las mejores semillas que se traducían en frutos inigualables.

Pese a su aparente tosquedad, no mezquinaba conocimientos a sus vecinos y compartía con ellos los secretos de las semillas más fecundas, quizás consciente de que no obtendría buenos frutos si los campos aledaños estaban enfermos.

El pueblo estaba rodeado de cerros y desde la propiedad de Tekuani, situada en la cima de uno de ellos, podía verse la parroquia.

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Sentado en el sillón, desde la galería de su casa, observaba el recorrido que hacían su esposa Valentina y sus hijos hasta la iglesia, un ritual que se repetía religiosamente los domingos.

Tekuani, o Mario Augusto Denamori, era un tipo recio, duro como la roca; pero como cualquier mortal expuesto a los imponderables de la vida.

Afectado por una dolencia incurable cayó en cama y no pudo reponerse.

Guerrero de mil batallas, coleccionista de cicatrices visibles y de las que no se ven, pareció anticipar su partida. Supo ver venir a La Parca y no se amilanó.

En esas últimas horas de incertidumbre, decidió cumplir el deseo de su amada Valentina, entregarse a los designios de Dios.

Entonces hizo llamar al párroco del pueblo, padre Eustaquio, el mismo que intentó por todos los medios acercarlo a la iglesia, y a solas, desde la fragilidad de un cuerpo convaleciente pero con una lucidez que gozaba de buena salud, se confesó.

Confesó que jamás había rezado y que, incluso, no sabía  cómo hacerlo. El sacerdote le respondió que no había misterio en ello y que sólo imaginara charlar con un amigo.

Tekuani le contó que tenía pocos amigos y que, sin embargo, le agradaba conversar con ellos y que siempre lo hacía sentado en el suelo, con la espalda contra la pared; que era una suerte de ritual heredado de su padre. “Está bien, no hay nada de malo en ello”, replicó el sacerdote. 

Pasaron largas horas hasta que la visita se retiró. Al otro día, a primera hora, le avisaron del fallecimiento del labriego.

El padre Eustaquio ingresó a la habitación de Tekuani y allí lo encontró, sentado en el piso de la vivienda, recostado contra la pared. Lo observó atentamente unos minutos y notó una mueca casi imperceptible en la comisura de sus labios.

Se levantó y él también sonrió. Comprendió, y en ese preciso instante, que aquel hombre había partido en paz.

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