Un café de despedida

Días atrás leí una historia que decía “El último café no avisa; acepta esa invitación…”, antes de que sea imposible.

Yo tuve la fortuna de tomar ese café con Pablo, pero la vida no es exacta y posee una fórmula secreta que nadie, absolutamente nadie, ha podido descifrar aún. Ella decide cuándo es el momento. Así de sencillo. Y no hay méritos, a favor ni en contra, que puedan hacer algo en contrario.

Ha pasado el tiempo, he dado la primera vuelta de circunvalación, y cada día es una celebración, un regalo más; maravilloso. Y después de tantas idas y vueltas, llegó a una conclusión; mía y no pido que la compartan, aunque pueden hacerlo si así lo desean.

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No es verdad aquello de que ‘Dios castiga y no muestra la vara’, ‘Todo en la vida se paga’ o ‘todo vuelve en la vida’ entre otras frases hechas. Creo que uno elige hacer el bien o hacer el mal; y listo. Pero nada de ello te garantizará mayor tiempo en la tierra.

José Pablo Rivero era una gran persona, un caballero, un gentleman que parecieran estar en peligro de extinción en estos tiempos, donde la agresión, los discursos de odio, la violencia, parecieran ganar espacios en la calle y en los medios de comunicación.

Jamás una palabra de más y menos, de desaliento. Tomamos un café tres días antes de la intervención quirúrgica cuyos detalles me detalló con absoluta normalidad esa mañana (hace poco más de un mes).

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A medida que se explayaba en su alocución, más me sorprendía la naturalidad con la que lo contaba. Hasta que no aguanté.

“¿Cómo podés estar tan tranquilo? Es re groso lo que me contás; es una operación sumamente delicada”, le dije sin salir de mi asombro.

Entonces me miró con esa sonrisa tan particular que tenía, tan llena de calma y sensatez y me respondió, casi encogiendo los hombros:

“Y qué puedo hacer, Marcelo, más que confiar en quien deposito mi vida”.

Los días y las semanas pasaron, aunque sin cerrar el mes. Y una noche llegó el mensaje de texto del hijo, avisándome de que su padre, mi amigo, había partido.

Me costó dormir esa noche. Me acordé de mi madre y mis hermanos que, como Pablo, partieron antes de tiempo. Y nuevamente, esa sensación de impotencia, de injusticia. Recuerdo esa frase que dice que “Dios decide llevar a sus mejores soldados”. Me parece demasiada egoísta, injusta, sobre todo para los que quedamos en este mundo.

Ojalá pudiera creer que hay una vida más allá… imagino a Pablo saludando a mi madre diciéndole cuánto la amo y extraño; pero aquí todo continúa, nada se detiene. Y sólo me queda recordarlos con el respeto y el cariño que les tenía, comprometiéndome a recordar el legado que me dejaron, de orgullo y sensatez.

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