Don Eusebio y la lección del caballo
Un hombre caminaba por la calle de tierra que conducía a su casa. Avanzaba apresurado, agotado después de una jornada extensa de trabajo. El sol comenzaba a retirarse dejando a su paso una dosis de alivio en quienes lo padecieron a cielo abierto.
Don Eusebio, pese a sus seis décadas, continuaba en la construcción. Toda la vida lo había hecho como albañil. No se quejaba, pero el tiempo resiente el alma y el cuerpo.
En esos divagares andaba cuando observó que un hombre, sufrido y entrado en años como él, azotaba a un caballo mientras le gritaba “movete, carajo”.
— Qué hace, buen hombre. ¿Por qué maltrata de esa manera a ese pobre animal?
— ¡Y a usted qué le importa! No se meta, no es asunto suyo. A las bestias hay que tratarlas así.
— ¡Pero el caballo no tiene manos!
— No se haga del chistoso, que no estoy de humor.
— Pero qué pretende pegándole, no se da cuenta que ni siquiera se mueve. No lo hace de puro retobado, sino porque está viejo y cansado; como usted, como yo. ¿Acaso le gustaría que lo azoten si ya no puede con lo que hizo toda su vida?
— ¡No puedo dejar que se dedique sólo a pastar; sin hacer nada!
— Quizás debería pensar y recordar todo lo que hizo por usted y su familia hasta aquí; sin quejarse, con frío, calor, viento y marea. Tal vez sea tiempo de descansar. Que tenga buenas noches, expresó don Eusebio y continuó con su camino.
Muchas veces olvidamos todo lo que hicieron por nosotros y nos mostramos desagradecidos con aquellas personas que estuvieron a nuestro lado cuando todos se fueron.
Todos llegaremos a la edad en que ya no tendremos las fuerzas ni la voluntad de otros tiempos y soñamos con descansar y disfrutar de la vida, de la familia, de los nietos, del ocio. Todos alcanzaremos la Tercera Edad y desearemos que nos traten con cariño y ternura, para vivir en paz y encarar el último tramo del camino de la mejor manera.

