El corazón no olvida
Si hubiera sido por él, habría ordenado que todos los días fueran de visitas. Nunca entendió que alguien pudiera imponerle cuándo visitar a su esposa.
«Sería como limitar las veces que uno pueda decir te quiero», pensaba.
Sin embargo, don Lisandro siempre estaba allí; puntualmente, como todos los martes, jueves y domingos.
Religiosamente se presentaba con un ramo de flores y una tarta de ricota, la preferida de esa mujer que lo acompañaba hacía más de cuatro décadas.
Aunque doña Emilia hacía aproximadamente un lustro había comenzado con los vaivenes de una memoria que ya no recordaba su razón de ser.
La situación se tornó tan delicada, que don Lisandro debió ceder a los ruegos de sus hijos para que la albergaran en un geriátrico; o residencia de adultos mayores, cómo rezaba en el portal de acceso.
«Vengo a cuidarla», solía decir cuando se habilitaban las visitas.
Una tarde en que este hombre de 72 años aguardaba por su esposa y, desde lejos observaba como cepillaban sus cabellos, un enfermero se acercó y comenzó a conversar con él.
Entonces le contó que hacía 43 años que estaban casados, que de ese amor nacieron tres hijos, entre ellos una nena que ya era mamá, y que eran felices abuelos de tres pequeños.
La charla iba de un lado a otro y volvía. Hasta que el muchacho (Eduardo, así se llamaba); le preguntó: ¿Por qué insiste en quedarse cuando ella no lo reconoce?
Don Lisandro lo miró fijamente, sonrió y respondió: «Porque sé muy bien quién es ella».
