El ejemplo del colibrí
Una vez cayó un edificio de ocho plantas frente a la casa de mis padres. Dijeron que utilizaron hierros de menor resistencia, que una de las zapatas cedió y la mole de hormigón se desplomó.
Quiero decir que todos los elementos son importantes para sostener una estructura, por más pequeños e insignificantes que parezcan.
Y todos llevan adelante una función vital, aunque muchas veces no se ve.
Un motor no puede funcionar sin el tornillo que lo sostiene al chasis. Pareciera que no hay nada que discutir sobre la importancia de una pieza y otra, sin embargo esa apariencia no es tal.
Una no puede funcionar sin la ayuda de la otra; esa es la realidad.
Nadie ha logrado nada solo. Eso de que «nadie me regaló nada», no es verdad.
Todos necesitamos de alguien siempre, aunque más no sea para una palabra de aliento en un momento de flaquezas.
No dejes que la soberbia o altanería se apoderen de ti; la humildad es la madre de la sabiduría, es la templanza en medio del fuego.
Cuenta una fábula que un gran incendio se desató en la selva y que todos los animales huyeron despavoridos.
Sin embargo, el colibrí se alejaba de las llamas y al rato regresaba. Cargaba agua en su pico y lo arrojaba sobre el fuego. Así una y otra vez. Hasta que el tigre lo ve y le dice: «¿Creés que así vas a apagar el incendio?»
A lo que el colibrí respondió: «No sé si lo voy a apagar, pero al menos estoy haciendo mi parte».
De eso se trata, de hacer la parte que nos corresponde, sin envidias ni mezquindades.

