Los caminos de la vida
Había pasado mucho tiempo y sinceramente, no recordaba a todas las madres y padres que debieron atravesar por esa situación traumática, horrenda; insondable y triste. Lo que jamás olvidaría era el hecho en sí, no había forma, como periodista y, esencialmente, como ser humano. Alumnos de una escuela primaria, de los cursos iniciales, abusados sexualmente por un docente.
El tiempo pasó, mejor dicho los años pasaron, y no tenía presente todos los hechos -algunos gratos y otros que para nada lo fueron- que había cubierto a lo largo de mi carrera; con excepción de las ocasiones en que la memoria, por algún motivo en particular, me lo devolvía al presente.
Y esto fue lo que en definitiva sucedió. Recuerdo que era un sábado de verano y que hasta las lagartijas se ponían a resguardo del calor que hacía. A las 15 era el horario de encuentro para la primera reunión de catequesis con mi hijo menor. Obviamente que su madre estaba allí.
Nos acomodamos en un banco, de esos largos y de madera que se estilan usar en las galerías durante encuentros familiares, y aguardamos el inicio. Prontamente observé que eran varias las catequistas, pero una en particular no me sacaba la vista de encima. Disimuladamente, y en voz baja por supuesto, se lo hice notar a mi esposa.
— Seguramente te conoce de algún lugar, fue su escueto comentario.
Pero aquella mujer no dejaba de observarme; hasta que decidió encaminarse hacia donde yo estaba.
— Se acuerda de mí, soltó con seriedad una vez que estuvo frente a mí.
— Perdóneme, pero la verdad es que no.
— Yo sí me acuerdo perfectamente de usted, agregó dejando un vacío breve e intrigante en su locución -sobre todo para los que escuchaban con atención-, y agregó: usted fue el único periodista que nos acompañó siempre, hasta las últimas consecuencias, cuando mi hija y otros inocentes indefensos fueron abusados por un profesor…
La mujer siguió con el relato frente a los otros padres, muchos de los cuales -pude percibir- conocían la terrible historia que había atravesado ella y su familia.
Al final de la reunión, esa madre, que decidió entregarse por entera a la fe, me dio un abrazo que aún acuño en mi corazón; me tomó con fuerzas de los hombros, me miró con los ojos acuosos de emoción y sonrió con los labios apretados.
Ojalá haya encontrado consuelo, sanación, o lo que haya ido a buscar en Catequesis, y sobre todo, que su hija no guarde recuerdos de un chacal que sigue entre nosotros.
Yo me quedé con la satisfacción de aquel abrazo y el reconocimiento a una misión cumplida; porque no existe premio o distinción en el planeta que pueda equiparar semejante momento.


huelgan las palabras en esta sensible descripción, que cala en lo mas profundo, por el dolor vivido… el tiempo lo trae con un gran reconocimiento que emociona y enternece. La mirada, el abrazo, los labios apretados reconfortan y reflejan la gratitud, el reconocimiento al compromiso en la tarea… Bellísimo relato!
Me encantó leer este texto, es muy emotivo y conmovedor. La forma en que el autor describe el encuentro con la madre es increíble, se siente el dolor y la gratitud en cada palabra. Me gustó cómo se refleja la importancia de la empatía y la compasión en la historia. Es un texto muy bien escrito y muy sincero.
El abrazo (el reconocimiento). La mejor paga.
Emocionante la historia de esa Madre.